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Sobre la pelota de fútbol

de MAROGAR .
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“El fútbol es una historia de amor entre un niño y un balón”. (Anónimo)

             Los balones no son redondos. Y las matemáticas lo explican. Lo asegura el autor de un artículo interesante, José Ángel Murica en setiembre de 2015: “La forma del balón de nuestra niñez proviene de tomar un icosaedro, el único poliedro regular de 20 caras que son triángulos y cortarle (o truncar) sus 12 vértices, generando así los pentágonos. Por eso también se le llama icosaedro truncado”. (…) “Nuestro histórico balón de reglamento, el icosaedro truncado, no es un sólido platónico, porque combina polígonos regulares distintos. Tampoco es demasiado redondo, ya que solo alcanza un 86,74% de redondez, algo que las matemáticas pueden mejorar”. 

             La mejor marca entre los que combinan caras diferentes se la lleva el “rombicosidodecaedro” que, sin inflar, rellena aproximadamente el 94% de la esfera imaginaria que lo contiene. ¿El problema para usarlo como balón? Que tiene 62 caras y 120 aristas (o costuras) y se pierde mucho tiempo entre costuras. A base de añadir caras y más caras, la cosa se nos puede ir de las manos y conseguir objetos “muy redondos”. Lo cierto es que desde que los balones no se hacen de piel, sino de material sintético que recubre una cámara de látex, los ingenieros y diseñadores han dado rienda suelta a su creatividad. Pero los genios del marketing tratan de vender pelotas, se dice que en el Mundial de Brasil se fabricó el “Brazuca” que tenía seis paneles que los matemáticos aseguran que era un dado muy inflado. Porque los factores que afectan al golpeo del balón pueden ser el peso, la forma de las piezas, las costuras o uniones, el relieve de la válvula, el brillo de la superficie, su porosidad, etc. Factores que pueden afectar a los porteros como fue el caso del “Jabulani” en Sudáfrica, por las extrañas trayectorias que realizaba en el aire. 

            Nunca mejor dicho que “No corro detrás de un balón, corro detrás de un sueño”. Juan Villoro, en “Balón dividido”, nos contaba una anécdota: “En sus días de jugador, César Luis Menotti recibió una reprimenda de un compañero por no perseguir una pelota y preguntó algo que define una época: “¿Además de jugar tengo que correr?”. Se cuenta que el Barcelona, según datos de UEFA, habría tenido un 89% de posesión de balón contra el Celtic, al que ganó 7-0. Este solo disfrutó de la pelota durante 6 minutos y 51 segundos en todo el encuentro, 47 segundos en la segunda mitad. Todo un récord histórico. Pero, dicho lo cual, nos debemos preguntar también ¿pero hubo partido realmente? En setiembre 2019, el entrenador Valverde, del Barcelona, aseguraba que “No hacemos efectiva la posesión”. Reclamando mayor verticalidad en su juego. Y confirmaba que “Tenemos más el balón, pero no las mismas llegadas que el rival… Tener el balón se tiene que traducir en ocasiones de gol y en eso estamos desequilibrados sobre todo lejos de casa”.

            Ezequiel Fernández Moores (La Nación, 5. Junio. 2019), reflexionaba sobre el fútbol moderno, ese que se juega con los pies y con los abdominales: “Once días antes de la final, Mauricio Pochettino hizo caminar a los jugadores de Tottenham descalzos sobre las brasas, mientras partían una flecha con la fuerza de la garganta. Pisaron con fuerza. Sin arrastrar los pies para evitar heridas. Sabiendo que el primer paso era el más difícil. La mente como fuente principal de energía. Las crónicas desde Londres cuentan que su colega Jürgen Klopp, contratado en 2015 por Liverpool por el informe de un doctor en física que no vio imágenes de sus partidos sino que analizó números, entrenó a su vez, entre otras, una de fútbol americano. Salida del medio hacia atrás y jugadores que parten como rayos al campo rival para recoger el pelotazo. Volvió a hacerlo el sábado. Hubo rebotes. Y a los 23 segundos el penal tonto. A partir de allí, el partido más esperado del año fue un plomo. La vitalidad de Liverpool y Tottenham había brillado semanas antes en las semifinales más extraordinarias de la “Champions League”. Por contraste, la final fue un bodrio”. ¿Razones?

             Fundamentalmente no hubo cariño por la pelota y lo que se puede hacer con su manejo. “Un show atlético sin gambetas, amagues ni engaños. Sin fútbol. “Puro pelotazo, parece rugby”, me observó furioso un colega. Pero ya ni siquiera el rugby se juega así. Fue la final más limpia desde que la “Champions” inició su formato actual en 1992/93. Hubo apenas 11 faltas. Y el árbitro no sacó una sola tarjeta en todo el partido. Tanta limpieza, VAR incluido, no tiene por qué garantizar el buen juego. Como tampoco garantiza nada tirar más veces al arco, tener más la pelota, pasarla más y ganar los duelos. Todo eso hizo Tottenham, seguramente apremiado por el rápido 0-1. Pero perdió. Liverpool fue el campeón con menos posesión desde el Inter de José Mourinho en 2010. Su número de pases acertados fue más bajo que cualquier otro equipo de la “Champions”. Cansado de perder finales, Klopp posteró parcialmente su fútbol de “heavy metal”. Sus jugadores no dejaron de correr (“He will never run alone”, - “nunca correrá sólo” - se burló un hincha), pero Liverpool durmió el partido. Dejó todo en manos de Pochettino, que atacó demasiado tarde. Incumplió acaso una frase de Fran Underwood que él mismo cita en su libro biográfico (Un mundo nuevo): “Perdió, pero jugó para ganar”. En la previa del partido, la UEFA homenajeó a José Antonio “La Perla” Reyes – fallecido hace pocos meses -, y un diario recordó una vieja entrevista: “Al fútbol – decía “La Perla” Reyes – se juega con los pies, no con los abdominales”. 

             Esta manera tan sutil de hacer una crónica de fútbol, su transcurso, sus potencialidades, sus idas y venidas mentales, me encantó. Y una vez más se confirma que la planificación de un partido puede ser violentado por una acción totalmente imprevista que origina nuevas subplanificaciones. Y en toda esa marabunta el balón es el instrumento capital pero también puede llegar a ser un mero elemento contemplativo.

            Salamanca, 3. noviembre.2019.

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