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Elogio del fútbol con sus peculiares circunstancias.

de MAROGAR .
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“La vida, en líneas generales, es construcción. Y de vez en cuando se logran los objetivos, pero lo interesante no es ser exitoso, porque el éxito es una cosa que se consume instantáneamente, porque una vez que se logra, se desvanece y se pierde. Por lo cual, si uno deposita toda la atención al éxito, eso duraría muy poco. La construcción, el desarrollo, la búsqueda, es lo que consume el tiempo de todos nosotros”. (Marcelo Bielsa).

             El periodista Carlos Martínez, narrador de “El partidazo” de Movistar + y presentador de “El Día Después” fue entrevistado en la Ser por los miembros de “Todo por la radio”: “El fútbol es el deporte mejor inventado del mundo porque por mucho que hayas visto, es imposible saber con seguridad lo que haya pasado en el siguiente minuto”. Sin duda, una opinión pragmática que traduce la realidad, aunque la prensa en general y los aficionados pretenden que los jugadores y los entrenadores inventen un juego sin fallos. “Cuando el partido es bueno, es como surfear, estás encima de la ola y no quieres bajar de ninguna manera”. Por tanto, me parece una excelente opinión que valora el fútbol y sus dificultades. Lo que me lleva a la aceptación de la opinión de Heinrich Heine: “Los que se enamoran de la práctica sin la teoría son como los pilotos sin timón ni brújula, que nunca podrán saber a dónde van”.  Y debemos aceptar que, aún con brújula, un partido de fútbol se puede perder entre otras cosas porque el contrario puede ser superior a ti en un momento determinado, cuestión que demasiadas  veces olvidamos.

             Un tal Marcelo Cohen (ElPais,18. abril.1979) escribió sobre el “Elogio del fútbol” que me encantó, una visión de hace 40 años que no me disgustaría se preservase en el momento presente. “Fútbol: dolor y fiesta, / la perfección dormida / sobre el pecho del pie / de repente se yergue / y se cumple y florece”. (Thiago de Mello.) (…) “Opio de los pueblos, circo romano de los desposeídos contemporáneos, sutil estratagema para la perpetuización del fascismo, sumidero de las pasiones más grotescas o, al revés, grotesca canalización de pasiones con mejor destino, fábula maniquea, marquesina de la decadencia cultural de Occidente, huida semanal del hombre aturdido, estúpido divertimento consistente en veintidós posesos que durante noventa minutos corren detrás de un. balón para introducirlo en uno de dos rectángulos”. (…) “No existe dicterio (insulto) que no haya caído sobre el fútbol desde el siempre higiénico campo de cierta intelectualidad biempensante. En algunos aspectos, tanta pulcritud puede darse la mano con la de la aristocracia”. 

             (…) “Los hinchas de fútbol son pringosos, volubles, antojadizos, irritables. Sudan, vociferan, se abrazan, saltan y aplauden. Durante los partidos sus caras se deforman en muecas obscenas y sus gritos, que son indistintamente de aliento o desprecio, se transforman en un depravado ulular. Alzan los brazos hacia el cielo y sacuden el cuerpo entero cuando un jugador deja sentados a tres contrarios en el perímetro de una baldosa. y enseñan los colmillos cuando otro, con toda la portería a su disposición, dispara por sobre el larguero. Los hinchas de fútbol no saben de inhibiciones, protocolo ni prudentes permanencias al margen del acontecer. Cuando un hincha de fútbol está solo y su equipo marca un gol, es capaz de abrazarse con un desconocido y mantener su mano en el hombro de éste por el resto de la tarde. Los hinchas de fútbol son homosexuales reprimidos. Gran parte de estas aberraciones se adquiere como consecuencia de las emanaciones del juego: los jugadores se refriegan, toquetean, provocan al rival cuando tienen la pelota bien dominada y mantienen con ésta una relación sensual más que ambigua”. 

             (…) “Da la impresión de que los mejores experimentan un intenso placer erótico al rozarla con el empeine. No es extraño que individuos así besen al compañero que marcó un tanto, ni que los efluvios de su neurosis perturben al hincha. Tal vez por esta razón el hincha de fútbol se exalta, incapaz de ostentar la cordura de un fanático del ballet que, llevado al éxtasis por un deslumbrante “pas-de-deux” de Maya Plisetskaia, sabrá quedarse duro en la butaca antes que dar rienda suelta a su entusiasmo. Falta de civismo: no se puede invitar a un hincha de fútbol a la ópera porque, en medio de la interpretación del concierto para violín y orquesta de Mendelssohn por Menuhin, y ante un momento cumbre de la ejecución, el susodicho espetará a voz en cuello: iiiYehudi, eres enorme!!!, profanando el sagrado silencio. A estas alturas, sólo parecen ser adecuados para los hinchas los conciertos de rock, curiosamente los únicos espectáculos donde los concurrentes pueden sentirse libres”.

             Aparte los elementos literarios que tantas veces exageran reacciones, muy humanas por otra parte, soy de los que van al fútbol y lo vive como si estuviera en la ópera, reconozco que no soy un aficionado demasiado positivo para el equipo local porque, salvo algún aplauso puntual en ciertas jugadas bien trenzadas, el resto del partido lo paso en silencio, escudriñando el juego, observando silenciosamente las reacciones individuales y colectivas. Pero bueno, ahora en los cines se disfruta de las películas masticando palomitas y si yo no lo hago no debo considerarme un bicho raro, en realidad para mí sería una distracción añadida que me sacaría de la esencia de la trama... En citado artículo se cita una reseña de la revista francesa “Partisans”, publicada en España por Gustavo Gil: “Posiblemente el jugador que más atención internacional haya concitado en los últimos meses sea el argentino Diego Maradona. Y bien: Maradona, de quien se dice que pertenece a la estirpe del fabuloso Pelé, tiene una apariencia frágil, mide 1,65 metros y no descuella por su potencia. En resumen, la contraimagen del deportista-poder.  Es que, por fortuna, el fútbol sigue siendo un juego, en el cual la fuerza y el empuje no sirven de nada si no cuentan con una relación de habilidad, inteligencia, astucia y talento creativo”.

              Y continuó con una apreciación histórica enriquecedora: “Todos los grandes equipos que he visto, desde el Real Madrid de Di Stéfano hasta el Brasil campeón mundial de 1970, pasando por la Holanda de Cruyff o la Hungría de Farkas y Bene, jugaban con felicidad. Esto era lo que les permitía no dejar pasar a un contrario sin tirársele a los pies para intentar pellizcarle la pelota – en plan obrero, como diría algún comentarista – y, segundos después, hacer circular el balón de bota en bota con un exquisito cuidado. Estos equipos erradicaron la mezquindad. El Santos brasileño de la década de los sesenta – en el cual Pelé contó con su mejor “partenaire”, un gordito diabético llamado Coutinho – proclamaba que no le importaba encajar tres goles por partido si ellos podían marcar cinco. Los grandes “teams” de fútbol nunca se cuidan la piel; así, dan un respiro y un poco de alegría al hincha que, durante los restantes seis días de la semana, habita una sociedad donde la ley es aferrarse con sigilo a unas pocas y tristes certezas”. (…) “Nada más fálico, nada que remite más directamente a la penetración sexual que la imagen de un balón cruzando la línea de gol como una exhalación. La red se estremece como las paredes de una vagina. El portero pierde la virginidad y con ella el decoro…” Y culmina con lo dicho por Jean Giradoux: “La pelota no permitirá ningún engaño, sólo efectos sublimes…”

             El escritor y crítico literario Marcelo Cohen se caracterizó por el uso de realidades fantásticas, sin embargo, supo concretar hace 40 años estos elogios sobre el fútbol con una literatura muy estética. Posiblemente habría centrado una crónica controvertida después de ver el partido de “Champions” entre Liverpool y Atlético de Madrid. Ataque salvaje y ocasiones múltiples del Liverpool sin embargo “a la defensiva” ganó el Atlético de Madrid que ganó el partido por 3-2, más el gol que rentó en el Wanda madrileño. Visto el partido en su contexto se puede observar que el Atlético jugó en exceso con el azar del juego y se aprovechó de las buenas virtudes del portero Oblack. Indiscutible su victoria por los aspectos objetivos del marcador de los dos partidos. Quizás en este elogio del fútbol deba entrar para la posteridad y, también, para el análisis de sus responsables aquello que espetó el entrenador Jürgen Klopp al final del partido: “Hemos provocado al Atlético muchos más problemas que en el partido de ida. Pero hemos marcado el segundo gol demasiado tarde… Encajar un gol forma parte del juego y no tenía por qué influir, pero ese momento lo cambió todo… Soy un mal perdedor, pero ellos han estado brillantes… No entiendo cómo el Atlético opta por este tipo de juego con los futbolistas que tiene. Cuando veo a jugadores como Koke, Saul o Llorente… pueden jugar un fútbol diferente y no estar en su propio campo jugando al contragolpe”. (…) “Tenemos que aceptar que hemos concedido tres goles. El Atlético es justo vencedor”. Sin duda, opiniones de esta calidad es para mí el mejor elogio posible al fútbol…

              En este punto, para mí es imprescindible que leamos parte del artículo que Valdano escribió (ElPais,15. marzo.2020), entra de lleno en esta oda elogiosa al fútbol: “Único juego en que los pobres pueden ganarle a los ricos y en que los peores pueden ganarle a los mejores. Liverpool y Atlético nos dejaron una prueba concluyente. Se puede tener una posesión del 72%, rematar 34 veces y perder. Se puede jugar a sobrevivir y ganar. Como está prohibido opinar contra el resultado, empiezo por aplaudir al ganador. Y valorar el esfuerzo descomunal de los jugadores, virtud que gente como yo no solemos elogiar en la medida que merece. Ese acto de generosidad física lleva implícito un emocionante sentido del deber, un respeto al principio de solidaridad que ayuda al espíritu colectivo y una fe indestructible en la idea rectora. Usted cree que estoy hablando del Atlético y sí, pero también del Liverpool, que puso todo eso al servicio de un fútbol sin pausa, pero espléndido y al que, a mi gusto, no desmerece ni la derrota”.

              Y me gustó leer a Diego Barcala (As, 15. marzo. 2020) un artículo singular que nos hace distinguir sus preferencias sobre el fútbol y, también, es comprensivo con la realidad que a veces se origina: “El último partido de nuestra vida. “Tiene sentido que el último partido antes del aislamiento fuese el del Liverpool. Si tuviera que guionizar el apocalipsis futbolístico sería algo parecido. Un equipo trepidante, preciso, atrevido y enérgico asediando a otro temeroso, lánguido, desesperado y conservador. Y por supuesto, ganaron los segundos desatando la maniquea moraleja: los malos ganaron a los buenos. No me canso de explicar que el fútbol nos engancha por su capacidad de estereotipar la vida… ¿Os imagináis que los partidos terminaran con un jurado que decidiera el ganador en función de quién ha tenido más la pelota o ha dado más pases?... Prefiero equipos entusiastas como el Liverpool, que juegan con el corazón en la boca y las ideas claras. Cuando se enfrentan a un rival como ellos el fútbol alcanza cimas coreográficas y su belleza es suprema. Perro jamás deslegitimaría la victoria de quien opta por la cara B del fútbol”.

             Son lecturas muy oportunas en esta etapa de confinamiento legal para minorar los daños de un coronavirus casi apocalíptico…

             Salamanca, 31 de marzo de 2020.

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